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Irse de pinta y dar sobornos: los jóvenes en la escuela

En muchas ocasiones, ir a la escuela en un fastidio pero hay días específicos en la semana donde el simple hecho de acudir parece una idea insoportable por cansancio, aburrimiento o simplemente no querer escuchar al profesor. Son esos días donde la idea de “irse de pinta” tintinea en la mente de todo adolescente inquieto.

Hay que dejar algo claro: “pintear” no es lo mismo que faltar a clase, porque “pintearsela” es ir a clase para que los padres no sospechen nada y ya estando en la escuela organizar con dos o más compañeros un plan para salir de la institución. Esto convierte la experiencia de “irse de pinta” en todo un desafío, sobre todo en secundaria y preparatoria donde todavía uno está bajo supervisión de los profesores, que cuidan todas las ideas hechas bajo el efecto elevado de las hormonas.

De tal forma, esta hazaña se hace por travesura en secundaria o para evitar una obligación. En preparatoria se busca elevar el nivel de adrenalina, se demuestra rebeldía y esas ganas de mandar al demonio la autoridad, para ir a vagar a una plaza, jugar pocker o sólo andar sin rumbo despreocupados de todas las complicaciones y sin el mínimo remordimiento. Se actúa como un estudiante cualquiera, se asiste a clase  y se le pide a algún iluso que lo anote en la lista, para finalmente alcanzar la libertad huyendo sin mirar atrás.

La felicidad termina en el instante cuando el maestro lanza la amenaza “Fulanito, vas a reprobar porque faltas mucho y te sales de clases”. El corazón se hace un  nudo y de inmediato el cerebro descansado comienza a trabaja a toda marcha “¿Qué hacer para no reprobar?” Surge una y otra idea, hasta que cruza la maravillosa solución de sobornar al profesor.

Porque en la mente de cada “pintero” la solución de ya no faltar a clase no es una opción. Por lo tanto lo mejor es seducir a aquel ‘profe’ que durante meses pasó mirándote el trasero, darle dinero a aquel que en algún momento del semestre puso precio a su cabeza o comprarle una bolsa Chanel a la maestra que lucía con gusto su bolso Gucci de imitación.

En este caso la falta de ética no importa, tampoco el daño a los frágiles límites morales; lo importante es pasar la clase, sin tomar en cuenta el precio que esta tenga ya que cualquier cosa es mejor que enfrentar un sermón, un castigo de los padres y  que estos eliminen aquel pedazo de libertad que se gana a escondidas.

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