De chile, mole y manteca

Por qué las niñas quieren ser mamás

Fernanda tiene cuatro años y vive en Tlalnepantla, Estado de México. Hoy se encuentra en el patio de su casa con su prima Dana, de ocho años. Ambas dicen que lo que más les gusta hacer es jugar con muñecas y cuidar a sus sobrinos pequeños porque pueden “ser sus mamás por un rato”. Les dan de comer, vigilan que no se caigan y les prenden el televisor para que todos vean caricaturas; ellas están a cargo del hogar mientras los adultos se van a trabajar.

Este caso es común en la sociedad mexicana. Las niñas deben crecer rápidamente para desempeñar el rol de madre que equivocadamente les dan los adultos. Sin embargo, esta sólo es una forma para preparar desde la infancia a las menores para ser 'buenas amas de casa' que velen por la integridad de sus esposos e hijos.

El Manual de urbanidad y buenas maneras escrito en 1853 por Manuel Carreño es una muestra de cómo tenían (aunque parece que no es algo obsoleto) que ser educadas las mujeres para ser mamás y su correcto desempeño en la vida para ser ejemplo a seguir por sus hijos. Por ejemplo, en el apartado “De los deberes de la hospitalidad” dice “la mujer debe educarse en los principios del gobierno doméstico, y ensayarse en sus prácticas desde la más tierna edad. Así, luego que una señorita ha entrado en el uso de su razón, lejos de servir a su madre de embarazo en el arreglo de la casa y la dirección de la familia, la auxiliará eficazmente en el desempeño de tan importantes deberes” (Carreño, 1853).

Otra forma de inculcar ese rol familiar es a través de los juguetes. En el mercado, se pueden encontrar muñecas que están embarazadas; bebés de plástico que comen, duermen, orinan y exigen con pilas AA y voz infantil que las “mamás” se hagan responsables de ellos; cocinas integrales con comida sintética para alimentar a los muñecos y carriolas que pueden ser manejadas por las niñas. Hay tiendas en plazas comerciales que promueven estas prácticas haciéndoles creer a las menores que ellas sólo sirven para dar vida y no para desarrollarse personalmente.

Los medios de comunicación también fomentan estas imágenes a través de telenovelas infantiles como Luz Clarita (Televisa, 1996), Gotita de Amor (Televisa, 1998) o Carita de Ángel (Televisa, 2000), donde las niñas sufren por el abandono de sus padres; en la mayoría de las escenas de estos melodramas, las chiquillas compensan ese amor perdido cuidando a sus osos de peluche o muñecas tal y como lo debieron hacer sus progenitores.

Pero no sólo las madres mantienen esa costumbre en las hijas. También lo inculcan y repiten en los varones, sobre todo cuando éste tiene hermanas. Las mamás sólo dejan los quehaceres del hogar a las niñas, mientras que al niño lo dejan salir a jugar o no hacer nada. Conforme crecen, las diferencias son más notorias: por ejemplo, las chicas no salen de noche y si lo hacen, debe ser acompañada de un primo o hermano mientras que los chicos van a donde sea.

Esto se agrava cuando hay maltrato psicológico y físico en el hogar. En México, de cada 100 hogares donde el jefe es hombre, en casi 33 se registra algún tipo de violencia por 22 de cada 100 de los dirigidos por mujeres (datos del INEGI) y el 49.5% de estos casos, los golpes e insultos son realizados por el padre. Este patrón lo repiten los hijos cuando son mayores; hacen menos a su esposa e hijas, las humillan y las miran como si fuesen objetos que sirven para limpiar, cocinar y tener hijos.

El ser madre no debe ser una imposición ni una regla de oro en la sociedad, sino una decisión que sea tomada individualmente cuando los recursos económicos y la madurez intelectual lo permitan. Las niñas deben de crecer sólo preocupándose por su desarrollo a nivel emocional, intelectual y físico no por tener bebés a edades tempranas. Algo difícil con todos los factores que las bombardean a diario para que desde temprana edad quieran ser mamás.

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