Retazos

Devuélvanme el 'chismógrafo'

Por MALA MADRE / LA SARTÉN POR EL MANGO

Mi hija la adolescente mayor está convencida de que vengo de una de las lunas de Saturno y que, por lo tanto, no entiendo nada de la vida terrestre ni de los adolescentes ni mucho menos de lo que ella cree, siente o anhela. No pienso contradecirla, porque en una de ésas puede que tenga razón. Más bien quiero reconocer aquí que en algún momento de mi vida fui una persona normal, o por lo menos, una persona muy cercana a lo que la big sister entiende por eso. ¿Por qué lo sé? Porque cuando cursé la prepa yo también tuve un chismógrafo. #Yastá.

En mis tiempos, el chismógrafo era la forma de conseguir información. Una información en particular: si le gustabas al escuincle de tus sueños. Así que agarrabas un cuaderno, lo forrabas muy cuco (con stickers de corazones, flores y estrellitas) y elaborabas unas diez preguntas estilo ¿cuál es tu película favorita? ¿Qué viaje te gustaría hacer? ¿Cuál es tu sueño más loco? ¿Cuál es el libro más reciente que has leído (#AySíAjá)? Y, por supuesto ¿quién te gusta? Podía ser contestado de forma abierta, con nombre y apellido, o anónima. Y lo circulabas entre todo el salón.

En mi caso, el zopenco tuvo el buen criterio de corregir a tiempo un error que habría sido garrafal para mi autoestima, al tachar el nombre de la susodicha que por supuesto no era yo. Por lo menos no me lo restregó en la cara, ash. Pasé tardes enteras tratando de descubrir el nombre y en modo Gigi (Ginnifer Goodwin en A él no le gustas tanto) elucubraba las razones de la palabra tachoneada. Las emociones de mis dulces 16 iban desde el “claro, seguro me lo quiere decir personalmente”, hasta el “es un lindo porque no me quiso lastimar”. Qué oso. Por lo menos se portó bien y quedamos como amigos. Ay.

En estos tiempos aciagos que corren, mi inocente y encantador chismógrafo ha sido sustituido por una herramienta cibernética a la mano de cualquiera, incluidos nuestros hijos y su bola de amigos: ask. La mayoría de los usuarios son anónimos y el objetivo es muy simple, alguien pregunta y alguien contesta. Sólo hay que crear una cuenta y registrarse por Facebook, Twitter o Vk.com. Supongo que habrá quién se divierta y quién consiga lo que busca, y hasta donde he visto, el sentido del ejercicio no ha cambiado. Los chicos buscan averiguar quién le gusta a quién, quién anda con quién y cuál es el último chisme de la escuela.

Hasta ahí todo bien.

Pero como ya se imaginarán, los problemas no se han hecho esperar en lo que respecta a la adolescente que tengo en casa. Debo confesar que me tiene con el jesús en la boca la forma en que las redes sociales potencian los diferendos que las hormonas provocan en los pubertos y que no se comparan en absoluto con lo que mis compañeritos y yo vivimos hace casi 30 años. Sostengo que entonces uno se iba a su casa y tan tan, se acababa el pleito, hasta el día siguiente cuando ya habíamos olvidados las razones del disgusto del día anterior.

Mi hija mayor usó su cuenta en ask sólo un mes y decidió cancelarla, ella solita. Imagínense cómo habrá estado la cosa. El nivel de las agresiones es inaudito y peor, viniendo de niños de su escuela. Sus propios compañeros de clase intercambiando insultos que me da vergüenza reproducir aquí. El punto es que mi hija se cansó de usar una red donde todas las tardes la pasaba mal y a la defensiva. Pero qué necesidad.

Para que se den una idea más clara, hagan de cuenta los chavos que tienen tomada la rectoría de la UNAM. Así de absurda, irracional y hasta gratuita la agresión.

Cada vez que hay un conflicto en la escuela de la adolescente mayor, el discurso de las autoridades educativas es que los alumnos tienen que resolverlo sí o sí. Su método es llevar a los protagonistas del disturbio a un salón para que hablen y hagan las paces. No pueden salir hasta que sean amigos de nuevo. Mi hija no está de acuerdo. Ella sostiene que no tienen por qué caerse bien; cada quién va por la vida con su temperamento sin la obligatoriedad de sentirse (ni ser) monedita de oro. Lo importante es tratarse con respeto a pesar de los desacuerdos. No me caes bien, no somos amigos, pero no tengo por qué agredirte.

Lo que sostiene la escuela ante los chicos es que la vida es blanco y negro, estás conmigo o contra mí, en lugar de enseñarles a debatir y convivir a pesar de las diferencias, para que aprendan cómo se ganan y se ceden posiciones. La directiva de la escuela tendría que ver las sesiones del Congreso como material de apoyo didáctico, para que los maestros entiendan el mal que nos ha hecho este miedo a la confrontación con reglas.  ¿Acusaste a tu compañera de obtener buenas calificaciones con trampa? Lo demuestras o te retractas y ofreces una disculpa. ¿Destruiste y robaste bienes universitarios porque estás en desacuerdo con el plan de estudios de tu escuela? Tendrás que someterte al reglamento interno y asumir las consecuencias.

El nivel de virulencia en los intercambios de insultos en ask, la toma violenta de las instalaciones universitarias y los desmanes en la manifestación del #1DMx revelan a gente enojada y rebasada por la víscera, a quien nadie le ha enseñado a debatir con argumentos ni a tolerar la frustración. Pero sobre todo, desnudan este miedo a preguntar para obtener información, para conocer al otro, para entender sus argumentos. No sea que en una de esas descubramos que se puede coincidir en algunas cosas aunque en otras no, y a pesar de ello convivir sin broncas mayores.

Yo por lo pronto planeo dejar un día de éstos sobre la mesa del comedor un cuaderno con algunas preguntas planteadas, un par de stickers por aquí, unos listoncitos por allá, para ver si en una de ésas la pluma y el papel vuelven a hacer su magia. Quien quita y mi hija descubre que es padre guardarlo y consultarlo bajo la almohada, en alguna madrugada sin sueño y sin WiFi, cuando ande en busca de algo de paz.

También te puede interesar en Animal Político:

¿Cómo te sientes después de leer este artículo?

Artículos principales

Cargando...