El puente del cuervo

Versión de: Fernando Fernández, cronista de la ciudad de México

Las mujeres ancianas que viven cerca en la tercera cuadra de República de Colombia, dicen que aún en las noches oscuras y lluviosas se escucha la risa de un esqueleto producida por el golpeteo de sus mandíbulas huesudas y el graznido de un cuervo, porque en 1593 había un puente en ese mismo lugar y sobre él se posaba un cuervo siniestro y de negrura imponente.

La espeluznante ave era la mascota de don Rodrigo Ballesteros quien fue capitán de arcabuceros en los reales ejércitos españoles. Resultó herido en la batalla de San Quintín y para premiar sus servicios el Rey Felipe II lo envió a la Nueva España como encomendero de Atzcapotzalco.

El señor Ballesteros era un hombre bastante antipático y de temperamento violento. Habitaba una hermosa casa llena de comodidades y riquezas, sin embargo, como contraste de todo este derroche el aspecto de Don Rodrigo era desalineado vistiendo trajes gastados y remendados.

Otra de sus peculiaridades consistía en su preferencia por los animales a quienes les hablaba. Su favorito era un cuervo horrible que gozaba de grandes privilegios. Su dueño lo llamaba Diablo.

Los sirvientes adquirieron la costumbre de echarle al diablo la culpa de cualquier cosa que se rompiera o estropeara: “lo hizo el Diablo”, decían, a lo que don Rodrigo contestaba “está bien si lo ha hecho el Diablo”. De tanto repetir el nombre junto a sus costumbres relajadas, logró que la gente dijera que el español tenía tratos con el mismísimo Satanás.

Pronto los rumores de los pactos del señor Rodrigo con el señor de los infiernos se hicieron más grandes hasta que un día sin explicación alguna desaparecieron el cuervo y su dueño. Por más investigaciones que se hicieron no se pudo descubrir nada y la única evidencia era la imagen del Señor de la Misericordia manchada con sangre y plumas negras.

Después de un año del suceso, las personas comenzaron a decir que don Rodrigo estaba en el infierno, por esa razón nadie quería vivir en su casa. El paso del tiempo hizo que el hogar se volviera ruina y después de un siglo, se construyó un puente donde cada noche se posaba un cuervo dando graznidos tétricos que helaban la sangre.

Desde entonces la calle se llamó “El puente del cuervo” donde en las noches oscuras y lluviosas se escucha todavía escucha la risa de un esqueleto producida por el golpeteo de sus mandíbulas huesudas y el graznido del cuervo.

 

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