La friega de amamantar a los hijos

Por Mala Madre /

Mi primera hija nació en temporada de lluvias y me agarró melancólica, pero decidida. Así que en cuanto me instalaron en el cuarto después de recuperarme de la cesárea, reclamé a mi chilpayate para iniciar el mágico momento del vínculo materno del que todo el matriarcado familiar y mis amigas con hijos hablaban. Las primeras tomas parecieron funcionar y mis expectativas cumplirse. Uy, qué fácil. Los tres días que pasé internada en el hospital fueron en la comodidad más absoluta, con enfermeras que llevaban y traían a mi chamaca, que comía y dormía como un ángel, igual que su madre. Hasta que llegamos a casa.

Mi beba se transformó en Chucky y esta su progenitora, obvio, en la mamá de Chucky. Para empezar mis pezones comenzaron a agrietarse y sangrar de una forma que cada toma acabó convirtiéndose en el temible momento de la sufridera. Mi hija también comenzó a padecer. Dejó de succionar como debía y a quedarse con hambre. E inició el llanto inconsolable, imparable, a todas horas. Mi angustia y su hambre nos transformó a ambas una noche en las protagonistas de la séptima parte ahora de la lactancia diabólica, con una escuincla despertándose cada hora y una madre que no podía alimentarla, porque no había encontrado crema ni aceite que aliviara el dolor. Ni Chavela Vargas ni los arrullos solidarios del padre conseguían calmar la histeria que amenazaba con desbordarnos.

En un esfuerzo por no darle biberón, la segunda semana en casa conseguí un nuevo pediatra, quien me recetó pomada de caléndula y me recomendó a una integrante de la Liga de la Leche. Confieso que fue la pomada, más que la sensata asesora en lactancia, quien hizo que recuperara mi fe. Para la tercera semana mi hija y yo habíamos retomado el ritmo, aunque tardamos casi los 40 días en acoplarnos de nuevo. Mi mecedora con taburete y la licencia de maternidad extendida a seis meses (los tres últimos sin goce de sueldo) convirtieron en romance el vínculo con mi hija, a quien arrullaba horas dormitando juntas, mientras Cri-Cri nos contaba la historia de un barquito de cáscara de nuez, adornado con velas de papel…

El día uno del séptimo mes la carroza se transformó en calabaza. Regresé a trabajar y empecé a llevar a mi hija a la guardería. A la semana pescó un rotavirus. La saqué. Fue el único momento en su vida que tomó biberón, además de lactar. Decidí entonces pedir ayuda al alto mando materno, quien dejó marido y casa en Veracruz para cuidar cuatro meses a mi chamaca mientras yo iba y venía del trabajo. Programaba mis entrevistas en función de la lactancia, de manera que le daba de comer, iba a mis citas, regresaba a dar de comer, iba al periódico a hacer la nota, regresaba a dar de comer, volvía al periódico por si se ofrecía algo más y regresaba a instalarme en casa a seguir dando de comer. Y a dormir, si se podía. Obvio, vivía a la vuelta.

En los momentos en que mi padre se ponía flamenco y mi madre regresaba al puerto a apaciguar los ánimos, optaba por llevar a mi hija conmigo a las conferencias de prensa y entrevistas. Un día fui con carriola, niña y la jovencita que trabajaba en casa a cubrir una rueda de prensa del PT en pleno proceso electoral del 2000. Debe haber algún audio con sus balbuceos de fondo. En otra ocasión, la entonces senadora María Elena Álvarez de Vicencio me recibió con juguetes de sus nietos para que pudiéramos platicar mientras mi escuincla se entretenía.

Mi niña regresó a la guardería con un año de edad, caminando, recién destetada y con vasito entrenador en su lonchera.

Un año casi exacto después, y en una nueva temporada de lluvias, llegó la hermana. Me agarró melancólica y experimentada. Mi segunda hija comió y durmió desde el primer momento como si no le debiera nada a nadie. La caléndula y la mecedora volvieron a hacer su magia. Todo era paz y serenidad… hasta que al tercer mes me hablaron del periódico para preguntarme que qué me creía, que cuándo pensaba regresar a trabajar. Yo, que había hecho los mismos planes que la vez pasada, me encontré con que habían cambiado al jefe de Recursos Humanos porque el anterior llegaba a acuerdos irregularidades con los empleados, como extender permisos de maternidad sin goce de sueldo. Ahora no sólo tenía que regresar al tercer mes como marcaba la ley, sino que me querían ver mucho más tiempo en la redacción. Obvio, sin chilpayates. Viviendo a tres cuadras y con dos hijas, planteé la posibilidad de seguir reporteando, pero redactar en casa para amamantar a la cría en turno. Mala propuesta.

Hablé con el marido, hicimos cuentas, tomamos decisiones y renuncié.

Los siguientes cuatro años en la vida de mis hijas fueron los más austeros, pero también los más felices. Me quedé sin trabajo, puse pausa a mi carrera, pero le dí un año de teta a mi hija, con desparpajo y sin conflictos, a libre demanda y donde nos agarrara la hora de la comida. Con discreción, pero sin burka; el mensaje para quien le molestara era que no viera. Me considero afortunada, pero mi realidad no es la realidad de la mayoría de las mujeres en este país.

Así que no vengan a decirme que las madres de ahora son mujeres egoístas que le dan la espalda a su hijo porque se niegan a hacer un pequeño esfuerzo. Amamantar es un gran trabajo que implica no sólo la voluntad y libre decisión de la madre, también requiere desde cuestiones fisiológicas hasta el acompañamiento de la pareja, la familia, el Estado, los empleadores y la sociedad en general.

Las mujeres no necesitamos que nos vengan a decir cómo alimentar y criar a nuestros hijos, ni que nos juzguen ni nos echen culpas, como lo hace la campaña “No le des la espalda, dale pecho”, avalada por el gobierno del Distrito Federal. Necesitamos políticas públicas y conductas sociales que lo permitan, que lo promuevan, que lo impulsen. Y una vez cumplido eso, que respeten nuestra decisión. La lactancia es lo mejor para alimentar de forma exclusiva a los hijos los primeros seis meses de vida, sin duda. Lo recomienda la Organización Mundial de la Salud. Y aún así, quien no quiera dar pecho, muy su asunto. Finalmente es un porcentaje minoritario, apenas el 0.01 de las mujeres, de acuerdo a la propia Encuesta Nacional de Salud y Nutrición del 2012. Mejor ocupémonos de las que quieren pero no pueden y atendamos las razones por las que no están pudiendo, laborales y sociales. A ellas tendría que dirigirse una campaña pro lactancia, diseñada y financiada con recursos públicos, como debe de ser. Debatamos sobre las licencias de maternidad, de paternidad y parentales, guarderías en centros laborales, acceso a lactarios y a cambiar actitudes culturales que ensalzan a la madre cada 10 de mayo, pero luego cuestionan y critican que amamanten a libre demanda y en donde le agarre la hora de la comida.

Dejémonos de frivolidades y de avalar campañas ciudadanas que equivocan el target, pues porque llegaron a proponerla. Señores funcionarios públicos, sean serios. Suficiente tenemos con las circunstancias de nuestra maternidad para que ahora pretendan señalarnos y culpabilizarnos.

@malamadremx

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